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viernes, 24 de abril de 2015

El misterio de las flores de la tumba de Caroline Christine Walter


Más de 50.000 flores han sido colocadas en la tumba de una niña que murió hace casi 150 años, en Freiburg, Alemania. ¿Quién las pone allí? nadie lo sabe, pero cada mañana, bajo el sol del verano o la nieve del invierno, amanece la tumba de Caroline Christine Walter con una flor fresca colocada en la tumba.


Caroline y su querida hermana mayor Selma, se  trasladaron a Friburgo, para vivir con su abuela, después de que sus padres murieran. Ella fue a una escuela para chicas, cuando llegó a la edad de 16 años, ya tenía un número de admiradores que se sintieron atraídos por su joven e impresionante belleza. Cuando su hermana se casó, Caroline felizmente se fue a vivir con ella y su nuevo marido. A principios del verano de 1867, justo antes de que ella cumpliera 17 años, Caroline contrajo tuberculosis y falleció pocas semanas después.


Su hermana Selma quiso crear un monumento duradero y contrato a un escultor para crear una tumba a semejanza de su hermana, en tamaño real. La escultura representa a Caroline como si cayera dormida en su propia cama, mientras leía. La tumba fue colocada contra una de las paredes exteriores del cementerio Alter Friedhof , un cementerio con unos 200 años de antigüedad. En un entorno tranquilo, y desde entonces más sereno, gracias a la hermosa tumba de la muchacha dormida. 


Fue poco después de Caroline falleció, cuando las flores del funeral en su tumba, fueron marchitando, su hermana comenzó a notar que una flor fresca siempre estaba en la tumba cuando la visitaba. Primero pasaron meses, luego los años, y todavía nadie había descubierto quien podrían estar dejando las flores. Los jardineros del cementerio podrían proporcionar alguna pista, aunque todos dicen desconocer su procedencia, quizás estén obligados a guardar secreto…



Hoy en día, sólo unos pequeños rayos de luz solar filtran a través de las ramas de los árboles, iluminado la tumba en la que descansa Caroline, pero cada mañana desde aquel fatídico día de 1867, una flor fresca aparece en la tumba de Caroline Christine Walter.